La literatura como kit de primeros auxilios


Escarbando en la mente


En este año aparecieron dos libros que tratan algunos aspectos de un tema atractivo para los escritores: cómo se produce la creación de la ficción literaria. Jorge Volpi, Leer la mente (México, D.F., 2011, Editorial Alfaguara) y Bruno Estañol, La mente del escritor (México, D.F., 2011, Editorial Cal y Arena), cada uno por su cuenta se acerca a esta caja negra que es la cabeza del escritor.

Hablaré un poco del primero de ellos. Volpi vuelve a sorprender con un texto bien armado, pensado y repensado durante varios años, según él mismo confiesa, producto de una mezcla de intereses internos; tal vez habría que decir, producto de sus propios conflictos internos convenientemente sublimados como para convertirlos en literatura.

El ensayo nos plantea una hipótesis arriesgada pero atractiva. La realidad de la narrativa y nuestra realidad son prácticamente iguales, aunque sólo sea así en nuestra cabeza de lectores empedernidos de novelas, ya sea que estén éstas en papel o en la tele. El autor argumenta que la escritura artística –y el arte en general–, tienen una utilidad más pragmática de lo que a primera vista podría pensarse. Dice que es una “herramienta evolutiva”, útil para la supervivencia y que nos ayuda a ser “más humanos”. Sin embargo, su ensayo va mucho más allá. A través de cinco capítulos y un epílogo, elucubra sobre la naturaleza de lo que llamamos ficción o imaginación y que, resulta ser otra forma de esa realidad aceptada por nuestro cerebro.

Por eso, digo yo, si alguien hubiera escrito una novelita sobre las inundaciones en Villa Costales, ya habríamos aprendido a defendernos mejor de esas catástrofes. O bien, cuando escriba alguien, tal vez yo mismo, sobre las miserias de la burocracia tabasqueña, los demás nos cuidaríamos para sobrevivir, no importa que manchemos el plumaje un poco, en ese sórdido mundo.

La ficción, dice Volpi, surge por la necesidad de construir nuestra propia conciencia –o nuestro yo–, a partir de la interacción con los demás. “Invento mi yo, así como los yos de los demás, mediante un procedimiento análogo al que me permite concebir un narrador en primera persona o describir la conducta de un personaje de novela en tercera persona”, así que, a fin de cuentas, todos somos “ficciones verdaderas”.

Eso es lo que yo pensé cuando era niño y soñaba despierto con realizar las hazañas de los deportistas del momento. Yo era él, el que metía el gol o el jonrón. No sabía que en ese momento estaba modelando mi yo. Se puede decir que yo era una verdadera ficción.

Al hacer una revisión de la forma cómo funcionan la conciencia, la inteligencia y la percepción, el autor discurre que constantemente estamos recreando las situaciones a que nos enfrentamos comparándolas con patrones reconocibles de nuestra propia experiencia, que es lo mismo que hacemos al leer una novela: el lector se coloca en el mundo descrito por el escritor y lo recrea en su interior, tratando de adivinar el juego de la trama. Por eso el buen lector se siente atraído por las narraciones que contienen giros inesperados o novedades literarias.

El autor de En busca de Klingsor nos dice que uno de nuestros mecanismos de supervivencia es aprender a imitar a los demás. Para hacer esto, nuestro cerebro está dotado de unas neuronas especiales llamadas “neuronas espejo”, producto de la evolución, que nos ayudan a imitar a otros aun de forma involuntaria, a ponernos en su lugar, a ser empáticos como una forma de integrarnos en el tejido social. Estas neuronas también se activan cuando nos topamos con los personajes de nuestras lecturas, razón por la cual podemos identificarnos con ellos y sentir lo que sienten. “El inmenso poder de la ficción deriva de la actividad misma de las neuronas espejo.”

También, asegura Volpi, “Leer una novela es como habitar el mundo”, porque mientras leemos vemos los pasajes que nos describen y vivimos lo que viven los personajes; entramos a un universo sorprendente y por eso es que las buenas novelas más que reconfortarnos, nos sacuden, nos desafían y hasta pueden llegar a cambiar nuestras vidas.  

El fundador del movimiento Crack concluye su trabajo con unas interesantes reflexiones sobre la manera en que el escritor discierne su siguiente obra. Volpi afirma que el escritor siempre tiene en la mente a un lector cuando decide escribir. Una vez elegido el tema, vienen las decisiones sobre la estructura, la voz narrativa, el tiempo, etcétera. En este punto al creador se le presentan una serie de mecanismos mentales que deben dar origen a una narración: la idea original, la semilla del escrito sobre la que habrá de desarrollarse la trama, sus posibilidades de presentación, hasta llegar a lo que él llama “la feroz competencia entre el escritor y su ‘lector modelo’”. El escritor siempre querrá atraparlo, mostrarle que puede escribir algo tan nuevo, tan diferente o tan interesante que con seguridad se va a sentir atraído. Si lo consigue, esa será la recompensa del escritor.

Para Jorge Volpi, la tarea de crear personajes, es un asunto de sus neuronas espejo que buscan modelos que el autor ha conocido o imaginado. Mientras mayor sea la empatía que tenemos hacia los semejantes que nos rodean, más podremos entenderlos y entender el comportamiento de nuestros propios personajes, lo demás es cuestión de técnica. “Una de las funciones centrales de la ficción literaria es colocarnos en el lugar de los otros” y así estar mejor preparados para la supervivencia.

Pues bien, aquí hay otras buenas razones para no dejar de leer las buenas novelas o, mejor aún, para escribirlas. La lectura no es solamente un escape de la realidad sino que es sumergirse en otra realidad tan real y tan cruda y tan hermosa como la otra realidad, la que percibimos con los demás sentidos y no sólo con las neuronas espejo.

En mi próxima entrega hablaré del libro de Bruno Estañol.

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