viernes, 18 de diciembre de 2015

El octavo círculo del tercer mundo


A vuestra salud

 Como si no tuviéramos ya bastantes problemas en nuestra vida diaria, en los últimos días se hizo patente, —se volvió viral dirían en las redes—, el descontento popular por las deficiencias en los servicios de salud públicos en Tabasco. Las quejas han venido in crescendo después que se agotó el tiempo, solicitado por el señor gobernador cuando tomó posesión allá por enero de 2013, para resolver las múltiples carencias heredadas de la administración pasada, la cual ha sido acusada de múltiples tropelías que, de acuerdo a las propias autoridades, constituyen materia de delitos graves.

Todos estuvimos de acuerdo en otorgar al nuevo mandatario, a partir del 2013, el beneficio de la paciencia para que enderezara el rumbo de los servicios públicos de salud; inclusive se le permitió que pusiera (a partir del 2014) a un abogado como secretario de Salud, lo que constituyó una transgresión a los valores entendidos que privilegian al técnico sobre el administrador.
Y así transcurrieron casi tres años en los cuales cada problema era explicado acudiendo a los pecados de los antiguos servidores públicos, quienes ya no pueden defenderse por andar huyendo de la justicia tabasqueña. Sin embargo, un día sí y otro también se sabían de carencias y fallas en las diversas instalaciones médicas. El vaso se fue llenando gota a gota hasta que un día se derramó y empezó a salpicar a mucha gente. Después del Tercer Informe de Arturo Núñez, donde se dijo que “El abasto de medicamentos sigue mereciendo atención prioritaria […] ya que se ha mantenido por arriba del indicador nacional, que establece un porcentaje del 80% mínimo de las claves del cuadro básico”, empezaron los reclamos.

Una mañana de noviembre, el principal conductor del noticiero Telerreportaje leyó una de sus famosas cartas dirigidas al gobernador para hacerle ver que las cosas no iban bien, pero en realidad la queja del locutor iba directamente contra el secretario de Salud: Juan Filigrana Castro, a quien recriminó reiteradamente con frases como “La gente muere Juan, la gente sufre Juan, la gente se deprime Juan, la gente pierde la esperanza Juan, la gente les insulta Juan”. Poco después, se transmitió a nivel nacional, por medio de la omnipotente cadena Televisa, el reportaje de Denisse Maerker donde esta comunicadora exhibe varios de los graves problemas del sistema de salud en Tabasco, en especial el desabasto de insumos (a pesar de tener los almacenes repletos de ellos). Al día siguiente (oh, qué coincidencia) se llevó a cabo la comparecencia del secretario de Salud ante el pleno del Congreso de Tabasco, en ésta el funcionario muy orondo dijo que a pesar de algunos problemitas, vamos por el camino correcto. Luego, una semana después, el periodista de Televisa y El Universal, Carlos Loret de Mola se suelta con su editorial “La Jefa del edén”, en el cual le restriega a Núñez el protagonismo de su señora esposa, algo que es un secreto a voces en Tabasco, pero además filtra algo incidental: que uno de los peones de la señora es precisamente el secretario de Salud. (Oh, qué coincidencia). Lo mínimo que uno se pregunta después de esta andanada es: ¿qué le hizo Arturo Núñez a Televisa?, ¿a quién le vamos a creer? Y, cómo diría El Buki, ¿a dónde vamos a parar?
Después de las terribles imágenes mostradas por la televisión a nivel nacional, el licenciado Filigrana levantó actas administrativas contra los tres médicos del Hospital Rovirosa que dieron la información y a quienes llamó “desleales”: la Dra. Micaela Saldaña, el Dr. Guillermo Morelos y el Dr. Ciro Reyes. Eso fue como patear el avispero. Ni tardo ni perezoso, el Dr. Morelos dijo que el secretario de Salud era “un farsante” y de una vez lo tildó de ignorante, de ser un hombre sin ética ni moral e insensible ante la “tragedia en salud en que está la mayoría de nuestro pueblo más humilde”. Así que los médicos amenazados de ser despedidos contraatacaron echándole montón al abogado. Convocaron a través de redes sociales y periódicos locales a una marcha de los trabajadores del sector salud para el domingo 13 de diciembre que partiría del Hospital Rovirosa para llegar hasta las puertas mismas de la Quinta Grijalva y ahí entregar el pliego de peticiones que ellos consideraron indispensables para sacar a este buey de la barranca (o sea la salud, pues).
Debo decir que la marcha fue un rotundo éxito: llegaron médicos, enfermeros, administrativos y hasta pacientes de todos los hospitales y centros de salud; la gente marchó ordenada y participativa; al final los oradores fueron claros y breves: no se pidió la destitución de nadie, simplemente se pusieron a consideración del señor gobernador los puntos de un pliego que trató de resumir en pocas frases la enorme problemática de este sector. Pocas veces he visto que la sociedad en general apruebe un movimiento de protesta en forma unánime que se ha caracterizado por su genuinidad y transparencia (el único medio que no creyó, ni cree, en este grupo es el Tabasco Hoy. Ellos sabrán por qué).
Al día siguiente, el Lic. Arturo Núñez convocó a buena parte de su gabinete para dar una respuesta institucional a las demandas planteadas por los médicos del Hospital Rovirosa, y de una vez abordar los problemas de otros centros de salud y del sector, en general. La respuesta formal se conocerá en los próximos días pero me parece que ya es un buen avance y todos deseamos que esto se encamine a buen rumbo.
La salud de la población, junto con la educación y la seguridad, son quizá los tres pilares más importantes sobre los que se asienta el bienestar de la población y son, al mismo tiempo, los temas que con mayor cuidado debe atender un gobernante. Para nadie es un secreto que los servicios públicos de salud han perdido la calidad y oportunidad que alguna vez tuvieron. Por una parte, hay escasez de todo: de medicamentos, de camas, de personal, de presupuesto y un largo etcétera; y, por la otra, cada vez hay más demandantes del servicio. Es una espiral que necesariamente tendría que desembocar en crisis, una crisis que se acentúa en las personas de menores recursos pero que nos alcanza a todos.
Dos cosas son dignas de mención en este problema. Una: no tiene solución a corto ni a mediano plazo; y dos: las consecuencias afectan a toda la sociedad. Para empezar, tenemos que erradicar la idea de los servicios públicos gratuitos. Todos estos cuestan y a veces más de lo que creemos. Los servicios de salud no son la excepción, los pagamos a través de descuentos salariales, de cuotas especiales o de impuestos y derechos, casi siempre por adelantado. El problema es que los servicios de salud son cada vez más caros, en primer lugar porque hay una creciente burocracia que aumenta año con año y se traga la mayor parte de lo que pagamos; en segundo lugar los insumos de todo tipo suben de precio cada año y, en tercero, la mayor carga financiera es la ineficiencia en la administración del gasto, llámese corrupción o ineptitud. No sé si existan los estudios actuariales para analizar esta carrera de ingreso contra gasto en los servicios de salud tabasqueños pero sí estoy seguro que el déficit (o la bancarrota como dicen algunos) ya está aquí.
¿A quién le van a quitar dinero para mejorar los hospitales? Lo más seguro es que a nosotros mismos. Nuevos derechos, nuevas cuotas, una nueva Ley de Hacienda del Estado que establezca cuotas más altas. Se sabe que esa nueva Ley ya fue discutida y aprobada en el Congreso, lo hicieron los diputados de la actual legislatura, pero no la han publicado ni siquiera en su portal de Internet, ¿por qué? Los rumores son que ahora van a cobrar los servicios al precio de los servicios privados de salud. Es decir, se acabó la salud pública gratuita por parte del gobierno del Estado de Tabasco. Me surgen algunas preguntas con respecto a la actual Ley de Salud. ¿Cómo va a cambiar el artículo 35 que dice “Las cuotas de recuperación se fundarán en principios de solidaridad social y guardarán relación con los ingresos de los usuarios, debiéndose eximir el cobro cuando el usuario carezca de recursos para cubrirla”? ¿Qué va a decir el nuevo artículo 110, donde se establece “La atención a los menores de cinco años y a las mujeres embarazadas será gratuita”? Por lo pronto, esperemos a ver qué va a contestar la comisión nombrada por el mandatario al pliego petitorio de los demandantes del Hospital Rovirosa y estemos pendientes para apoyar a estos médicos que por ahora encabezan este movimiento.

jueves, 14 de mayo de 2015

Once escritores en busca de un foro


Los escritores necesitan ser leídos
 
¿Cómo surge un cuento? No está del todo claro. El misterio de la creación literaria sigue siendo uno de los más sutiles y poderosos resortes que mueve a los participantes de la Escuela de Escritores “José Gorostiza” a escribir narraciones con pasión y talento. Los “Sueños de la orquídea” es el resultado del trabajo de once diferentes escritores que unidos mediante el Taller de Cuento, coordinado por José Manuel Tamez, aportaron su creatividad para dar forma a un abigarrado mosaico de relatos que nos muestra un atisbo de nuestra realidad. De este testimonio heterodoxo de la narrativa de nuestro tiempo, queremos hablarte hoy. 
 
 
PRÓLOGO A LOS SUEÑOS DE LA ORQUÍDEA
Estimado lector:
Permíteme que me dirija a ti que has abierto este libro para escudriñar su contenido, seguramente con la curiosidad de un explorador que gusta de descubrir nuevas aventuras literarias. Te puedo asegurar que en este volumen habrás de encontrar un rico mosaico de relatos que muestran el trabajo de escritores que apenas se abren paso en el mundo de la narrativa breve en Tabasco. Deseo que a lo largo de estas páginas puedas encontrar el placer que todo buen lector busca en los textos de ficción, que es la materia de la que está formada este libro.
Los relatos que aquí encontrarás fueron escritos por los participantes del Taller de Cuento de la Escuela de Escritores “José Gorostiza”, un lugar en donde siempre se abren espacios para apoyar la creatividad literaria. Los autores trabajaron durante diez semanas para dar forma a los textos de esta antología. Con paciencia y disciplina, cada jueves, durante dos horas nos reuníamos para conocer leer, comentar y sugerir las mejoras que convirtieran un buen cuento en uno mejor. Como es usual, la mecánica del taller fue de actividad y participación constantes con la finalidad de acercar a los talleristas a la esencia de la creación literaria. A través de la lectura de obras, de la explicación teórica, del análisis y de la crítica constructiva, fuimos puliendo los textos hasta darles la forma definitiva que aquí apreciarás.
En esta escuela partimos de la premisa de que cualquiera puede escribir. Se dice que no se puede enseñar a escribir, pero aquí no estamos totalmente de acuerdo con ese aserto. Si bien el talento es inherente a cada persona y solo puede motivarse, la escritura de ficción es un oficio que se puede enseñar mediante las técnicas y los ejercicios apropiados; creemos que sí es factible mostrar las técnicas que pueden convertir una anécdota en un cuento; sí se pueden señalar cuáles son las fallas más frecuentes en la escritura; sí es posible sugerir las lecturas apropiadas para ejemplificar algún aspecto; en fin, sí se puede orientar y motivar a los que quieren escribir para ser leídos. Y si además encontramos los ánimos dispuestos, es posible atraer nuevos fieles a esta grey.
Amable lector, en un taller el respeto es siempre una parte importante del trabajo, particularmente cuando el grupo está conformado con personas tan diferentes en edades, profesiones y visión de la vida, aunque a todos los una un interés común: el amor a las letras. En este abigarrado conjunto de cuentos podrás encontrar una amplia riqueza en historias, personajes y atmósferas. Los hay de corte costumbrista donde se retoma la vida cotidiana de nuestro pueblo, algunos están enraizados en la vida rural tabasqueña, otros se apoyan en una temática completamente urbana mostrando un atisbo de la compleja realidad actual, no faltan los que vuelan con la fantasía propia de otros mundos, de realidades alternativas. La mezcla es interesante y provocativa pero el denominador común es la libre e insólita imaginación desplegada por las plumas de los autores para ofrecernos un testimonio heterodoxo de la narrativa de este tiempo. 
Te comento que me correspondió a mí el honor de coordinar el trabajo de las personas cuyas obras podrás leer en este volumen. La mayoría de ellos incursionaron por primera vez en el mundo literario a través de los talleres de creación de cuentos que aquí impartimos, otros más se adhirieron al proyecto con el interés de formar parte de esta antología. Estos talleres tienen como objetivo principal acercar a los estudiantes a los postulados básicos del cuento pero, sobre todo, a que empiecen a escribirlos. Yo fui un moderador que trataba, con mis obvias limitaciones, de explicar los rudimentos de la narrativa de ficción y, en particular, del relato breve.
Siempre me ha gustado transmitir lo que sé, de enseñar lo que he aprendido de otros maestros, pero pararse frente a unas personas que tienen deseos de sorprender a los lectores con sus narraciones, es de lo más estimulante. En el intercambio de ideas, aunque hablamos de técnicas y consejos, en realidad estamos siendo testigos de cómo los mecanismos de la creación se activan y solo tenemos que dar el motivo o la sugerencia, y la verdad tengo que confesarte cuán reconfortante es formar parte de ese momento decisivo cuando el escritor se pone a imaginar nuevas realidades y siente de pronto que tiene el divino poder de crear su propio universo en el papel.
Pues sí, apreciado lector de esta antología, te ofrezco un viaje imaginario plagado de sorpresas, maravillas y lugares inesperados. ¿A dónde te llevará esta ruta?
Te mando un abrazo.
José Manuel Tamez

miércoles, 9 de julio de 2014

Creación literaria

¿Hacia dónde vas, Guillom?
Gracias a alguno de los convenios de colaboración que sostiene nuestro Instituto Estatal de Cultura con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), fue posible traer a Tabasco, durante cinco días —del 23 al 27 de junio— al escritor Guillermo Samperio (México, D.F., 1948) con el objetivo de impartir un Taller de Creación Literaria.
La Dirección Editorial y de Literatura, a cargo del Lic. Cosme Zurita Castellanos, fue la encargada de promover el evento y de acoger a los participantes en sus instalaciones de la Casa Mora, también llamada Casa del Escritor.
Acudimos más o menos quince personas con la idea de aprender las técnicas del maestro de la narrativa breve, para muchos, el mejor cuentista mexicano de la actualidad. Guillermo (Guillom) Samperio es ampliamente conocido por sus relatos y un poco menos por sus ensayos y poesía, pero entre los asistentes al taller, varios lo recordábamos por su manual para escribir cuentos “Después apareció una nave. Recetas para nuevos cuentistas” (Alfaguara, 2002). Una obra que nos ha servido como guía y soporte para avanzar en nuestras carreras de cuentistas o para impartir el taller correspondiente.
Fue una novedosa experiencia para todos (incluyendo al maestro, que no esperaba esa calidez tabasqueña de junio). El grupo formó una heterogénea mezcla con mayoría de jóvenes y otros ya no tanto: había estudiantes y profesionistas, hombres y mujeres, escritores o aprendices, pero todos con ganas de escribir cuentos y la verdad es que en esos cinco días hubo suficientes oportunidades para todos.
El primer día el reconocido escritor apareció —una hora después de lo acordado— con un aspecto que llamó mi atención ya que venía muy abrigado para la temperatura del ambiente y por su indumentaria era evidente que la informalidad sería el tono del taller. Pensé que quizá vendría cansado por el viaje, algo natural a cierta edad, y me dispuse a disfrutar de su plática. Lo primero que solicitó fue un cenicero, así que después de varios años volvimos a ver un maestro fumando en el salón de clases. Nadie protestó; inclusive uno de los compañeros se animó a fumar de los mismos cigarrillos mentolados del jefe Samperio.
Poco a poco nos fuimos conociendo: él nos habló de su trayectoria y nosotros sólo dimos nuestros nombres. Hubo un momento de incertidumbre, como si nadie supiera qué íbamos a hacer pero él rápidamente nos propuso realizar un ejercicio de escritura como para ir aflojando la mano. Empezamos con más entusiasmo que orden, todos queríamos aprender algo nuevo y, de paso, queríamos que el maestro oyera nuestros textos y nos dijera algunas palabras esclarecedoras. Ese primer día hubo poca actividad, fue como un round de sombra, pero quedamos picadísimos para el segundo día.
A partir del segundo día, tuve la suerte de oír (y leer) los cuentos de algunos de los compañeros del grupo: todos novedosos e imaginativos. Al final, venían los comentarios propios de un taller pero, en realidad, la única opinión que esperábamos era la del autor de “Miedo ambiente y otros miedos” (SEP, 1986). No hablaba mucho, más bien pasaba la batuta a diferentes participantes para luego hacer alguna acotación. Seguíamos atentos a escuchar ese comentario brillante que nos ofreciera un punto de vista diferente, esa visión que sólo el experto posee gracias a su talento y experiencia. A cuentagotas salían sus opiniones; el maestro sacaba más humo que recetas. Aun así, todos seguíamos expectantes. Tal vez al día siguiente obtendríamos una de esas perlas de sabiduría todavía escondidas en las alforjas del visitante.
Y nos dieron el miércoles, y el jueves, y el viernes (¡Ay mojo, Sabina!). En cada sesión seguimos escuchando nuevos cuentos y nuevos comentarios (de los talleristas, por supuesto). Samperio narraba diferentes anécdotas siempre atractivas y coloridas, hablaba un poco de otros escritores mexicanos y mucho de su pasado. Supimos cómo fue su vida y hasta recibimos una explicación de sus diversos tatuajes. Ya estábamos en plena confianza, dejó de importarnos el humo y hablábamos de todo, hasta de cuentos. A medida que avanzaba la semana fue notorio que el maestro llegaba al taller más aclimatado, más receptivo, más animado, como diciendo ahora sí vamos a develar los secretos de la creación literaria, aunque finalmente el resultado volvía a ser el mismo.
El viernes terminamos justo a tiempo para llegar a la presentación de su más reciente cuentario: “Historia de un vestido negro” (FCE, 2013). En ese evento, el autor refirió como aprovecha su biografía y su figura para recrear historias en las que parece que él mismo se retrata como personaje pero -aclaró- es sólo un truco para que el lector se sienta más cercano al escritor; esto lo hace en diferentes cuentos para hacerle sentir al lector que lo que vive el personaje, le pasó a él. “Quizá es mi estilo”, aseguró.
Al final del evento, acompañé a Guillom (como le gusta que le llamen) a su hotel y le agradecí el haber venido hasta nuestra tierra para compartir un poco de su experiencia en este arte de la narrativa breve. Me confió que Villahermosa le había gustado; mucho más que la última vez que estuvo por aquí. En sus escasas salidas del hotel encontró gente muy amable y receptiva; el grupo de asistentes al taller no sólo le pareció agradable sino que aseguró haber aprendido de nosotros. En general, su estancia en esta ciudad le ayudó a descansar y poner en orden sus ideas antes de regresar a la capital del país.
Este taller fue ilustrativo en varias formas. Conocí a varios nuevos escritores tabasqueños, gente ansiosa por escribir buenos cuentos, deseosa por aprender los secretos de los escritores consagrados y que solo necesitan un pequeño pretexto para sacar su laptop o su tablet y empiezan a escribir relatos. También aprendí que un taller express, donde se trabaja al vapor, no ofrece la mejor oportunidad para digerir una enseñanza (aunque en este caso hubo pocas) ni para desarrollar proyectos ambiciosos. Pero lo que mejor aprendí es que no hay que confiarse mucho de estos talleres coordinados por grandes figuras. Como sucede frecuentemente con los instructores que saben mucho, no es lo mismo saber escribir que saber enseñar; lo importante viene a ser la actitud y no tanto la aptitud.
Guillermo Samperio es un prolífico escritor, todos lo sabíamos. Como dice el boletín del IEC: “…ha publicado más de veinticinco libros en su carrera entre los cuales destacan cuento, novela, ensayo, literatura infantil, poesía y crónica. Desde hace más de veinte años ha impartido talleres literarios en México y el extranjero. Ha sido incluido en múltiples antologías del país y del extranjero, ha sido traducido a varias lenguas…, etcétera, etcétera” Abrumador es lo menos que se puede decir de su currículum, me quito el sombrero en señal de respeto ante los logros obtenidos por este hombre, por este artista de la palabra. Desafortunadamente, creo que en esta ocasión no nos ha tocado apreciar la mejor versión de G. S. Fue parco en sus opiniones y hábil para transferirnos la responsabilidad del análisis. Puedo concluir que primero nos emocionó con su presencia para luego llenarnos de humo la cabeza; despertó en muchos la motivación para seguir escribiendo, no nos dio grandes consejos, quizá mencionó algunos detalles, pero la chamba fuerte la hicimos nosotros.
Un taller de una semana, con quince personas participando activamente, no da para explicaciones abundantes ni profundas; apenas si da para leer dos o tres relatos breves, platicar de todo un poco y salirse de la rutina. Para otros significa venir al trópico húmedo a tomar café y llenarse los pulmones de un nuevo aire, más cálido, más inocente; tal vez darle de comer al ego con abundantes muestras de admiración y elogios a una obra pretérita que nos sigue dejando gratos recuerdos. Sin embargo, al final termina uno con la pregunta en la cabeza ¿para dónde vas Guillom?
 

martes, 19 de noviembre de 2013

Letras tabasqueñas


La última y nos vamos

 

La Enferma Edad de la Muerte, última novela de Mario De Lille Fuentes, es la historia de los últimos meses en la vida del Dr. José Carlos Alvarado Medel, un doctor de pueblo que sedujo a la muerte para finalmente caer rendido ante ella. Una tragicómica historia de amor que avanza entre las más extrañas peripecias de fantásticos personajes para converger en el reino de la parca, la temible dama de la guadaña quien, por cierto, es la estrella femenina de esta novela.

Cuando Mario me dijo que estaba escribiendo una novela donde la muerte se enferma, la primera historia que vino a mi mente fue una de El Santo, el luchador. Seguramente los más viejos se han de acordar de aquellos cuentitos donde a base de fotografías el autor, José G. Cruz, narraba las aventuras del Enmascarado de Plata. En cierta historieta, los líderes mundiales le encomiendan a El Santo la tarea de rescatar a la muerte de la prisión en que la tenía encerrada el villano en turno. Impedida como estaba para realizar su sano trabajo, la muerte no podía evitar que los moribundos, accidentados y enfermos terminales siguieran sufriendo los dolores de su padecimiento ya que no podían morir. En fin, como siempre, el héroe venció al malvado y se restableció el orden.

Muchos años más tarde, en el 2005, José Saramago nos trajo su novela Las intermitencias de la muerte, en la cual la muerte se va de “vacaciones” desatando la euforia colectiva, pues eso representaba la materialización del mayor sueño de la humanidad desde el principio de los tiempos: la inmortalidad. Éste es quizá el antecedente más cercano a la novela que ahora nos ocupa y desde entonces ya se vislumbraban las dificultades para darle verosimilitud y redondez a una narración que se apoya en seres omniscientes, ubicuos y todopoderosos. Pero hoy no vinimos a hablar de otros autores sino de Mario De Lille y de ésta su postrera obra narrativa que él ya no pudo ver bendecida por el glamoroso honor de la tipografía.

Con una combinación arriesgada de ironía, metafísica, humor y ese tono entre poético y alburero con que matizaba Mario su obra narrativa, el autor nos lleva a una aventura donde se entreveran los seres humanos con las divinidades de un curioso olimpo. Esta mezcla de personajes de diferentes universos y dimensiones conduce a una trama original muy al estilo de las epopeyas de la antigua Grecia, de las culturas prehispánicas o de las germánicas.

No es raro encontrar en la narrativa de Mario el humor y los juegos con las palabras. El autor de Solamente yo quedo gustaba del doble sentido, los retruécanos, la parodia, el habla coloquial llevada al extremo, pero sobre todo de la ironía y en esta novela el tono irónico, llevado hasta sus últimas consecuencias, predomina e imprime un sello muy propio. La ironía, esa contradicción entre lo que se dice y lo que debe ser entendido y que requiere de un lector que participe de su conjugación y alcance, es un sello de la buena literatura. En el libro que ahora comentamos, es una exigencia por adentrarse en el texto para obtener de él esa recompensa que guarda tras la adecuada conexión de ideas que provienen de nuestra cultura común, del imaginario urbano o simplemente de la cotidianidad que nos identifica y nos acerca. La novela, y en general la obra de Mario De Lille, está plagada de esas expresiones típicas del uso común que les otorga a sus personajes un paisanaje entrañable. ¿Quién pudiera imaginar a la temible parca diciendo cosas como “¡Qué comes que adivinas!” o bien, “¡Ni madres! O me operas tú o aquí me muero…”. Es casi imposible no identificarse con estos personajes que hablan como el oficinista que siempre tenemos a la mano o como esa tía extrovertida y de gañote aventurero.

Esta narración, como ya sucedió en Tropicalia, se nos presenta en al menos tres pistas simultáneas que recrean diferentes etapas de la vida del protagonista. Y también, como en obras anteriores, la trama adquiere tanta importancia como el manejo del lenguaje. La tipografía, las cursivas y las negritas, pero, sobre todo, el uso de los paréntesis o mejor dicho de esas frases parentéticas que extraen al lector momentáneamente del texto principal para llevarlo a dar una vuelta a otro mundo y así reforzar una idea o una imagen, complementan el mensaje literario. En esta novela nuevamente encontramos esas historias paralelas que nos muestran diversos aspectos de los personajes, en particular de la muerte, a través de relaciones intertextuales que acompañan y conforman la historia. El recorte periodístico y el fragmento de la obra literaria son recursos que Mario aprovechó en esta ocasión para enfatizar el tema con un atisbo de realidad que actúa como marco contrastante de la parodia y el contrasentido de la obra.

El sentimiento irónico nos lleva irremediablemente hacia la paradoja y hacia allá se dirige la historia de esta novela. ¿Qué mayor paradoja que ligar a la muerte con el amor?, ¿la muerte como dadora de vida? ¿La muerte como madre? ¿De qué se trata? ¡Qué tremenda transgresión al sentido común! La muerte-mujer, la muerte-amante, la muerte-esposa pero, sobre todo, la muerte-madre es un total disparate que nos lleva a preguntarnos ¿en qué estabas pensando Mario? Yo creo que, como siempre, él visualizaba los infinitos caminos de la literatura que permite al hombre crear esos mundos, esos universos que tienen la coherencia de la redondez; donde solo las reglas propias de la novela aplican dentro de la esfera de la historia creada en la mente del escritor. Después de todo, de la muerte realmente no sabemos nada sino sólo lo que se ha escrito en cuentos, novelas y poemas.

Me queda claro que para el autor de innumerables cuentos y poemas, el límite de la narrativa es la imaginación y bueno, ya vimos en su obra vanguardista, irreverente, desparpajada (como diría Francisco Payró) y hasta desmadrosa, que el mundo no le alcanzaba. Así que tuvo que abarcar el universo completo (al infinito y más pa’llá) y el tiempo enterito, desde su origen (si es que eso existe) y hasta la eternidad para armar una tragicomedia de amor entre un hombre muy querendón y una lasciva femme fatale, literalmente fatal.

¿Cuántas cosas no se entresacan de esta historia? Una pareja formada por un mortal y una inmortal donde todas las convenciones culturales quedan abrogadas. Las contradicciones van saltando a la vista a medida que uno avanza en el texto: Esta pareja no se casó “hasta que la muerte los separara”, porque la muerte era parte interesada y se le presentó un conflicto de intereses, así que esa cláusula quedó abrogada. Mientras el protagonista –que es doctor- sale cada mañana a luchar contra la muerte, su amada esposa, la señora Muerte de Alvarado se queda en casa cuidando a su descendencia.

Paradoja tras paradoja, la novela nos lleva por el camino de los imposibles; sorpresa tras sorpresa, vamos descubriendo, junto con el protagonista, que la vida (y la muerte) está llena de sobresaltos. Sobre todo, aprendemos que la muerte no marca el final de una vida; que la muerte enamorada puede alargar la vida o, mejor dicho, hacer más llevadera la muerte. Más que un acercamiento del protagonista a la muerte, es un acercamiento de la muerte a la vida.

Hay muchas ideas y muchas imágenes en torno a esta historia. Los personajes son fantásticos en todos los sentidos, pero un aspecto que es digno de mencionarse es su fuerte espíritu feminista. En todo momento las mujeres –vivas o muertas– imponen sus condiciones sobre los sorprendidos machos que sirven de acompañamiento a la universal Catrina. Al avanzar en el texto vamos conociendo que la supuesta enfermedad de la muerte, en realidad no es una enfermedad sino su muy femenino deseo de amar y ser amada.

Una última palabra sobre Mario De Lille. Con esta obra cerró una vida llena de generosidad que además estuvo plena de productividad artística. De su generosidad siempre recibí muestras que atesoro y que me obligan a corresponder de la misma forma a mis colegas, de su producción afortunadamente hemos disfrutado los frutos y podremos seguir haciéndolo eternamente. En esta novela, Mario le hace un guiño a la gran igualadora, le coquetea y parece haberle dicho: estoy listo para arrejuntarme contigo, no eres más que una conquista más en mi interminable carrera de seductor que pretendo continuar aun en el más allá. Es una brillante lección que Mario nos está dando: no solamente voy a estar vivo hasta que mi corazón deje de funcionar y mi cerebro de pensar, sino que voy a seguir amando y cogiendo aun cuando ya pertenezca yo al Panteón Tabasqueño.

domingo, 24 de junio de 2012

Letras tabasqueñas

Mario De Lille Fuentes
(1936 – 2012)

Según dice en su acta de nacimiento, Mario De Lille Fuentes nació en la ciudad de México, D.F. donde estudió la carrera de Arquitectura y, una vez concluidos los estudios, decidió venir a ejercerla a Tabasco, y aquí se quedó. En Villahermosa vivió los últimos 50 años de su vida, así que podemos asegurar que Mario De Lille fue tabasqueño, y uno de los buenos, hasta su deceso acaecido el 3 de junio pasado.
Destacó como narrador y poeta pero, sobre todo, por su labor como promotor de la cultura en todas sus expresiones. Escribió cuentos, novelas y poemas que se han significado por su estilo novedoso y extrovertido utilizando el lenguaje con plena libertad para expresar con arte e imaginación sentimientos e ideas.
En 1986, con su primera novela titulada Solamente yo quedo, ganó el Premio Nacional de Novela “Justo Sierra O’ Reilly”. De ella opinó Francisco Javier Payró que “es una apuesta retadora por llevar el humor, la ironía, el habla coloquial y el relajo propiamente dicho a grados intolerables para quien no confiere a la novela sino el solo atributo de contar historias bien contadas”.
A partir de ese año, su producción se diversificó entre los cuentos plenos de humor, inteligencia y libertad, y los poemas vanguardistas y novedosos. Entre los primeros trabajos son de resaltarse dos cuentarios: Advertencias amorales al lector y cierto tipo de cuentos sumamente inocentes (1988) y la Breve y verídica historia de cómo los lunáticos poblamos la Tierra. Y sus consecuencias (2001). La experimentación de caminos para llegar al placer de la lectura está siempre presente en estas narraciones.
En la poesía se hizo de reconocimientos por dos excelentes trabajos: Dios te salve María, non sancta (1990) y por el poemario Semilla a punto de vuelo (1999) en el cual se encuentra el poema Somos por la danza de tus manos. También escribió una obra trágico-narrativa: Dino a las drogas (1999) y en el año 2000 participó en la antología de cuentos eróticos Eroticom Plus, coordinada por Teodosio García Ruiz.
En el año 2009 publicó su controvertida novela Tropicalia, o como han dicho algunos, su primera anti-novela que seguramente será más apreciada en el futuro ya que de momento nos soltó una gran cantidad de luz que en vez de iluminarnos nos deslumbró y todavía estamos tratando de ajustar nuestra visión para comprenderla bien.
Es imprescindible hablar de sus escritos elaborados pensando en los niños. Para ellos produjo obras de gran calidad que se leen prácticamente en todo México gracias a que varios de sus cuentos infantiles están contenidos en la antología Casa Llena, libro conformado por historias de cuentistas tabasqueños, seleccionado en el 2009 por la Secretaría de Educación Pública para formar parte de la biblioteca escolar en las escuelas primarias del país. Para los pequeños lectores también escribió cuentos breves y poemas publicados en su libro Nuestro mundo con Clau-dia (2005) y culminó esta labor con su último trabajo Mini-animalismos del Trópico. Cuentos brevísimos de animales de Tabasco y Anexas, obra ilustrada y multilingüe publicada bajo el sello editorial de la UJAT que salió a la luz apenas a principios de este año 2012.
La Sociedad de Escritores Letras y Voces de Tabasco, A.C. acordó dedicar el reciente XXVI Encuentro de Escritores a su labor fecunda. En el Instituto Juárez, el pasado 23 de abril, se le brindó un merecido homenaje donde se resaltó su aportación a la literatura tabasqueña y su entusiasta participación como promotor y creador de talleres literarios desde los años ochentas del siglo pasado.
Indudablemente que Mario De Lille trajo vientos frescos a las letras tabasqueñas, se advierte en su trabajo un ímpetu considerable por la exploración de caminos diferentes de las técnicas narrativas, abriendo un poco más el abanico de posibilidades de la literatura. Nunca fue un escritor de textos sencillos: prefirió siempre agregar ese ingrediente lúdico que sorprende y conduce al lector por senderos insospechados. Quizá por su formación de arquitecto -que combina la funcionalidad con la estética- sus textos obedecen tanto o más a la estructura que a la trama
En su narrativa -que es la que más he leído de él- puedo atestiguar que se camina por un laberinto donde está siempre presente la sensación de extravío, se crea en el lector un estado de tensión por la necesidad de concentrarse en una lucha intelectual (contra el discurso) en el esfuerzo de armar la historia bajo los cánones de nuestras propias estructuras mentales, ante algo que se nos escapa por entre los dedos para, al final, tratar de elaborar el cuadro completo. Algo que no siempre se consigue.
En suma, lo que Mario nos propuso en toda su obra fue siempre otro punto de vista para mirar el mundo que nos rodea; leerlo plantea un reto que además de de ser enriquecedor es infinitamente placentero. Leer un cuento de Mario De Lille antes de ir a la cama, garantiza sueños diferentes y a veces hasta reparadores.
Además de sus libros, Mario De Lille también fue reconocido en el mundo artístico de Tabasco por su generosidad para compartir sus conocimientos y su tiempo. Fue generoso para ayudar a los que se iniciaban en la escritura y lo fue para organizar una sociedad y una escuela de escritores por la cual han desfilado innumerables personas, ávidas de palabras para expresarse con ellas; lo fue para promover talleres literarios y para ayudar a sus colegas cuando éstos lo necesitaron. Pero su mayor generosidad se mostró en la calidad de sus textos que nos han abierto nuevos mundos llenos de imaginación y belleza. Misión cumplida, Mario.




miércoles, 16 de mayo de 2012

Letras tabasqueñas

El arquitecto llegó y tomó pozol agrio en ayunas. Ni modo, tuvo que quedarse a vivir en Tabasco.

La más reciente obra de Mario De Lille es un libro de microrrelatos dirigido al público infantil. Lleva el sugestivo nombre de “Mini-animalismos del trópico. Cuentos brevísimos de animales de Tabasco… y anexas” porque en él se habla de la fauna más representativa de nuestra región con pocas palabras. Por sus abigarradas páginas desfilan con ligereza chombos, cuijas, piguas, chaquistes y otros conocidos animales de nuestra vida diaria.
Se trata de una obra profusamente ilustrada y multilingüe, compuesta por 41 minicuentos donde se narran las alegrías y las tristezas de estos seres que, aunque presumen de ser irracionales, se comportan como seres humanos. El superlativo “brevísimo” no está de más: los relatos difícilmente rebasan las veinte palabras, con las cuales el escritor conforma un espacio reducido pero suficiente para cumplir la misión de transmitir las imágenes e ideas necesarias para que un lector básico capte el dramatismo de la vida que se desarrolla en nuestros patios, ríos y pantanos.
Como siempre, Mario De Lille agrega notas de humor en sus escritos que no escatiman seriedad al texto. En esta ocasión, el tono viene complementado con el colorido de las palabras, las ilustraciones frescas e inocentes que nos trasladan hasta el aula de nuestros primeros años escolares. Se aprecia en el trabajo de producción la presencia de un equipo multidisciplinario que agregó forma y color a los microcuentos.
Mario posee una mente creativa, siempre en ebullición, siempre con propuestas frescas y novedosas que transforman la realidad circundante por medio de una ficción enriquecedora. Estos son los cuentos de la selva exprimidos hasta quedar en su esencia (el mensaje en forma de telegrama, la prosa sencilla y básica como de anuncio clasificado) que se acercan cautelosamente, por medio de pasos laterales, a la poesía.
Un libro que podrá ser apreciado por niños, adultos y zoólogos de diversas latitudes como Francia, Italia, Brasil, Japón y Tapotzingo, quienes seguramente extraerán de sus páginas diversas enseñanzas del comportamiento animal. Aunque, creo, el objetivo de Mario no es tanto fortalecer la biología sino promover la literatura, algo que logra con una mezcla de inocencia y dramatismo.
Los pequeños textos (que bien podrían llamarse textículos) del autor contienen en forma condensada tramas, atmósferas y personajes de historias que el lector deberá aprehender, aquilatar y desarrollar hasta crear una historia completa. No es nada nuevo, las buenas historias siempre dejan una parte de la construcción a quien las está leyendo, quizá la diferencia aquí es que los asideros son escasos y breves. Tomemos, por ejemplo, el cuento número 7:
Por andar de peleoneros, les quitaron las alas al sapo y a la rana. Por eso nada más se les ve dando de brincos y más brincos.
Este minicuento tiene una estructura clásica: planteamiento, desarrollo y desenlace. La trama se caracteriza por el conflicto existente entre dos personajes visibles más un tercero que no se menciona explícitamente pero que es el generador del drama y un elemento importante que va tomando relevancia a medida que avanza la narración.
Después  de unos breves antecedentes (por andar de peleoneros), la historia entra de lleno al nudo, la tragedia, cargada con gran tensión (les quitaron las alas al sapo y a la rana). Se adivina que existe ahí un conflicto soterrado con un ser superior a los protagonistas porque esta entidad inefable decide imponer su autoridad y castigarlos en forma ejemplar (es evidente que corre entre líneas una historia paralela, de la cual el autor solo nos deja ver la puntita pero que es muy importante en la explicación del misterio). Todo lo anterior nos va llevando a un final que, no por ser natural, es menos dramático. En esta parte, la acción ha llegado a su clímax para luego deslizarse –casi imperceptiblemente–, hacia un final insospechado y sorpresivo (Por eso nada más se la pasan dando de brincos y más brincos).
No es la primera vez -y seguramente no será la última-, que Mario De Lille cultiva la microficción y siempre lo ha hecho con facilidad y soltura; o como diría Francisco Payró, con desparpajo. Las diferencias entre sus anteriores escarceos y este último producto es que ahora el destinatario es más joven y más exigente; no tiene las deformaciones de la edad y, por ende, requiere de más literatura y menos subterfugios. Aquí no se puede experimentar sin riesgos, es necesario cuidar que las imágenes antropomorfizadas de los animales no caigan en la caricatura, sino que deben apegarse a las reglas siempre complejas de la brevedad.
Debemos felicitar a Mario De Lille, y  a su equipo de producción, por habernos otorgado esta primera colección de mini-animalismos del trópico, a la cual, estoy seguro, se sumarán próximas entregas con nuevos héroes (auténticos sobrevivientes)  de nuestra casi extinta vida animal.
 

viernes, 9 de diciembre de 2011

Letras de hoy


La magia de la Navidad
José Manuel Tamez
El despertador suena con su timbre estridente durante varios segundos hasta que le tira un manotazo para apagarlo. Son las dos de la mañana. Con una lentitud que delata la modorra, va incorporándose hasta quedar sentado en el borde de la cama, los ojos no terminan de abrirse, la cabeza cuelga hacia adelante amenazando con tirarlo al suelo. Las baldosas frías hieren sus pies que buscan las pantuflas con desesperación. No ha terminado de despertar pero sabe que hoy es el día.
Duda por unos segundos si se debe bañar y decide que no: el frío es intenso. “No es necesario, ya lo haré cuando regrese”. Del ropero saca el traje rojo con su olor a naftalina y humedad, luego lo sacude vigorosamente para quitarle un polvo que no se ve y empieza el rito de vestirse. Primero coloca la almohada en el estómago para darle el volumen necesario, después viene el pantalón con su ancho cinto, a continuación las botas negras, sobre sus barbas reales las barbas postizas, el chaquetón, los pequeños lentes de arillo y el gorro ridículo. Se mira al espejo para comprobar que el disfraz esté en su lugar pero se entretiene mirando las profundas arrugas en la frente y los dientes amarillos. Son casi las dos y treinta minutos del día veinticinco, la gente ya debe haber terminado de cenar su pavo relleno. Con suerte ya estarán todos dormidos, especialmente los niños. “Qué bien, así se trabaja mejor”. Un creyente desde tiempos inmemoriales, habla con Dios por unos momentos; le pide detener el tiempo hasta cumplir con su misión, así como le ayudó a Josué a detener el sol.
En medio de la noche, aterido por el frío pero con el ánimo en alto, sale de la vivienda arrastrando la gran bolsa de tela encarnada y aborda su modesto sedán cuatro-puertas. Hay que decir que los tiempos han cambiado todo, los animales ya no son bien vistos en una ciudad, ahora las personas se mueven en vehículos metálicos, más ruidosos pero más rápidos para recorrer las solitarias avenidas en noches como esta. 
Mientras transita por el exclusivo barrio, recuerda cuando nada de esto era necesario. Ellos tenían sus propios juguetes para llevarlos a los niños, quienes impacientes se iban a la cama en la noche del cinco de enero con la esperanza de un bien merecido premio. Pero en el siglo veinte todo cambió. Del frío polar llegó un extraño personaje con apariencia de viejo gordo, barbudo y colorado; venía acompañado de un gran aparato de publicidad, pagado por las grandes tiendas de la ciudad. Una nueva tradición empezó a competir con la antigua y, al final, las corrientes del norte prevalecieron. La gente los fue olvidando poco a poco, los niños dejaron de preguntar por ellos, los relegaron hasta convertirlos en decoración de fotografías en un parque soleado. Se acabaron las cartitas infantiles y los esfuerzos por portarse bien, los juguetes se volvieron eléctricos y complicados. “¿Cuándo cambió el mundo? ¿Cuándo se acabó el misterio? Ahora todos saben quién es el que compra los juguetes y saben también que el regalo buscado está en Liverpool o en Walmart”. Otra vez la sensación de impotencia le recorre el pecho, la sensación de haber caído en un pozo oscuro. Recuerda cómo el grupo original se desintegró pero él nunca se resignó a ese destino y siguió buscando nuevos magos para volver a formar el trío. Ninguno funcionó. Nuevamente quedó solo, más viejo, más cansado pero con la misma ilusión de llevar regalos al niño.
Tras un breve recorrido elige el lugar para iniciar su labor. Detiene el auto para admirar la lujosa casa. No se ven luces en su interior, solo las típicas cascadas de foquitos que cubren la fachada como un cielo intensamente estrellado. No hay chimenea pero no importa, su magia le permite pasar a través de las paredes.
Todo está en penumbras, avanza con cuidado pero no evita tropezar de vez en cuando con algún mueble. Llega a la gran estancia donde tintilea intermitente el pino artificial produciendo una tenue iluminación, suficiente para su propósito. Con indudable destreza, producto de años de experiencia, examina los regalos que yacen a los pies del árbol, eligiendo los más adecuados que van a dar al fondo de su bolsa; no le interesan las joyas ni las botellas, solo juguetes infantiles. Cuando ya se da por satisfecho abandona la casona de la misma manera en que entró a ella, llega hasta el auto y deposita los paquetes en la cajuela infinita. Sabe que es apenas la primera escala de una larga serie que le espera por delante. Desde la acera iluminada y silenciosa dirige su mirada a la hilera de mansiones que se yerguen elegantes y limpias a lo largo de la calle. Camina con su bolsa vacía hasta la siguiente casa y repite la operación.
Al regresar a la vivienda, después de haber visitado miles de casas, las piernas cansadas y la frente sudorosa atestiguan la magnitud del esfuerzo y representan el premio del deber cumplido. Ahora, solo queda descansar y esperar pacientemente el día de la redención. No hay prisa. Agradece a Dios por acompañarlo en la jornada y le pide volver a mover el reloj de la vida. Son las dos treinta del veinticinco de diciembre cuando Melchor, el rubio, el último mago, concluyó su indispensable acto de magia.