Letras tabasqueñas


La última y nos vamos

 

La Enferma Edad de la Muerte, última novela de Mario De Lille Fuentes, es la historia de los últimos meses en la vida del Dr. José Carlos Alvarado Medel, un doctor de pueblo que sedujo a la muerte para finalmente caer rendido ante ella. Una tragicómica historia de amor que avanza entre las más extrañas peripecias de fantásticos personajes para converger en el reino de la parca, la temible dama de la guadaña quien, por cierto, es la estrella femenina de esta novela.

Cuando Mario me dijo que estaba escribiendo una novela donde la muerte se enferma, la primera historia que vino a mi mente fue una de El Santo, el luchador. Seguramente los más viejos se han de acordar de aquellos cuentitos donde a base de fotografías el autor, José G. Cruz, narraba las aventuras del Enmascarado de Plata. En cierta historieta, los líderes mundiales le encomiendan a El Santo la tarea de rescatar a la muerte de la prisión en que la tenía encerrada el villano en turno. Impedida como estaba para realizar su sano trabajo, la muerte no podía evitar que los moribundos, accidentados y enfermos terminales siguieran sufriendo los dolores de su padecimiento ya que no podían morir. En fin, como siempre, el héroe venció al malvado y se restableció el orden.

Muchos años más tarde, en el 2005, José Saramago nos trajo su novela Las intermitencias de la muerte, en la cual la muerte se va de “vacaciones” desatando la euforia colectiva, pues eso representaba la materialización del mayor sueño de la humanidad desde el principio de los tiempos: la inmortalidad. Éste es quizá el antecedente más cercano a la novela que ahora nos ocupa y desde entonces ya se vislumbraban las dificultades para darle verosimilitud y redondez a una narración que se apoya en seres omniscientes, ubicuos y todopoderosos. Pero hoy no vinimos a hablar de otros autores sino de Mario De Lille y de ésta su postrera obra narrativa que él ya no pudo ver bendecida por el glamoroso honor de la tipografía.

Con una combinación arriesgada de ironía, metafísica, humor y ese tono entre poético y alburero con que matizaba Mario su obra narrativa, el autor nos lleva a una aventura donde se entreveran los seres humanos con las divinidades de un curioso olimpo. Esta mezcla de personajes de diferentes universos y dimensiones conduce a una trama original muy al estilo de las epopeyas de la antigua Grecia, de las culturas prehispánicas o de las germánicas.

No es raro encontrar en la narrativa de Mario el humor y los juegos con las palabras. El autor de Solamente yo quedo gustaba del doble sentido, los retruécanos, la parodia, el habla coloquial llevada al extremo, pero sobre todo de la ironía y en esta novela el tono irónico, llevado hasta sus últimas consecuencias, predomina e imprime un sello muy propio. La ironía, esa contradicción entre lo que se dice y lo que debe ser entendido y que requiere de un lector que participe de su conjugación y alcance, es un sello de la buena literatura. En el libro que ahora comentamos, es una exigencia por adentrarse en el texto para obtener de él esa recompensa que guarda tras la adecuada conexión de ideas que provienen de nuestra cultura común, del imaginario urbano o simplemente de la cotidianidad que nos identifica y nos acerca. La novela, y en general la obra de Mario De Lille, está plagada de esas expresiones típicas del uso común que les otorga a sus personajes un paisanaje entrañable. ¿Quién pudiera imaginar a la temible parca diciendo cosas como “¡Qué comes que adivinas!” o bien, “¡Ni madres! O me operas tú o aquí me muero…”. Es casi imposible no identificarse con estos personajes que hablan como el oficinista que siempre tenemos a la mano o como esa tía extrovertida y de gañote aventurero.

Esta narración, como ya sucedió en Tropicalia, se nos presenta en al menos tres pistas simultáneas que recrean diferentes etapas de la vida del protagonista. Y también, como en obras anteriores, la trama adquiere tanta importancia como el manejo del lenguaje. La tipografía, las cursivas y las negritas, pero, sobre todo, el uso de los paréntesis o mejor dicho de esas frases parentéticas que extraen al lector momentáneamente del texto principal para llevarlo a dar una vuelta a otro mundo y así reforzar una idea o una imagen, complementan el mensaje literario. En esta novela nuevamente encontramos esas historias paralelas que nos muestran diversos aspectos de los personajes, en particular de la muerte, a través de relaciones intertextuales que acompañan y conforman la historia. El recorte periodístico y el fragmento de la obra literaria son recursos que Mario aprovechó en esta ocasión para enfatizar el tema con un atisbo de realidad que actúa como marco contrastante de la parodia y el contrasentido de la obra.

El sentimiento irónico nos lleva irremediablemente hacia la paradoja y hacia allá se dirige la historia de esta novela. ¿Qué mayor paradoja que ligar a la muerte con el amor?, ¿la muerte como dadora de vida? ¿La muerte como madre? ¿De qué se trata? ¡Qué tremenda transgresión al sentido común! La muerte-mujer, la muerte-amante, la muerte-esposa pero, sobre todo, la muerte-madre es un total disparate que nos lleva a preguntarnos ¿en qué estabas pensando Mario? Yo creo que, como siempre, él visualizaba los infinitos caminos de la literatura que permite al hombre crear esos mundos, esos universos que tienen la coherencia de la redondez; donde solo las reglas propias de la novela aplican dentro de la esfera de la historia creada en la mente del escritor. Después de todo, de la muerte realmente no sabemos nada sino sólo lo que se ha escrito en cuentos, novelas y poemas.

Me queda claro que para el autor de innumerables cuentos y poemas, el límite de la narrativa es la imaginación y bueno, ya vimos en su obra vanguardista, irreverente, desparpajada (como diría Francisco Payró) y hasta desmadrosa, que el mundo no le alcanzaba. Así que tuvo que abarcar el universo completo (al infinito y más pa’llá) y el tiempo enterito, desde su origen (si es que eso existe) y hasta la eternidad para armar una tragicomedia de amor entre un hombre muy querendón y una lasciva femme fatale, literalmente fatal.

¿Cuántas cosas no se entresacan de esta historia? Una pareja formada por un mortal y una inmortal donde todas las convenciones culturales quedan abrogadas. Las contradicciones van saltando a la vista a medida que uno avanza en el texto: Esta pareja no se casó “hasta que la muerte los separara”, porque la muerte era parte interesada y se le presentó un conflicto de intereses, así que esa cláusula quedó abrogada. Mientras el protagonista –que es doctor- sale cada mañana a luchar contra la muerte, su amada esposa, la señora Muerte de Alvarado se queda en casa cuidando a su descendencia.

Paradoja tras paradoja, la novela nos lleva por el camino de los imposibles; sorpresa tras sorpresa, vamos descubriendo, junto con el protagonista, que la vida (y la muerte) está llena de sobresaltos. Sobre todo, aprendemos que la muerte no marca el final de una vida; que la muerte enamorada puede alargar la vida o, mejor dicho, hacer más llevadera la muerte. Más que un acercamiento del protagonista a la muerte, es un acercamiento de la muerte a la vida.

Hay muchas ideas y muchas imágenes en torno a esta historia. Los personajes son fantásticos en todos los sentidos, pero un aspecto que es digno de mencionarse es su fuerte espíritu feminista. En todo momento las mujeres –vivas o muertas– imponen sus condiciones sobre los sorprendidos machos que sirven de acompañamiento a la universal Catrina. Al avanzar en el texto vamos conociendo que la supuesta enfermedad de la muerte, en realidad no es una enfermedad sino su muy femenino deseo de amar y ser amada.

Una última palabra sobre Mario De Lille. Con esta obra cerró una vida llena de generosidad que además estuvo plena de productividad artística. De su generosidad siempre recibí muestras que atesoro y que me obligan a corresponder de la misma forma a mis colegas, de su producción afortunadamente hemos disfrutado los frutos y podremos seguir haciéndolo eternamente. En esta novela, Mario le hace un guiño a la gran igualadora, le coquetea y parece haberle dicho: estoy listo para arrejuntarme contigo, no eres más que una conquista más en mi interminable carrera de seductor que pretendo continuar aun en el más allá. Es una brillante lección que Mario nos está dando: no solamente voy a estar vivo hasta que mi corazón deje de funcionar y mi cerebro de pensar, sino que voy a seguir amando y cogiendo aun cuando ya pertenezca yo al Panteón Tabasqueño.

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